Hoy a Marc le ha llegado un e-mail de Sandra. Hace mucho tiempo que no se ven. En él le cuenta que Londres es una ciudad increíble, que su investigación paleontológica va viento en popa, pero que lo mejor es el pulso racheado de la ciudad. Ha conocido a Jodorkovski, un artista del Este que “tendrías que verlo, Marc; es un genio”. Ella ya se había percatado de la existencia de unos puntos de colores que moteaban las aceras de su barrio, lunares circulares del tamaño de una moneda. Cuanto más se fijaba, más lunares descubría. Unos, prefectamente circulares y de controno suave, estaban pintados de color negro o blanco, pero los otros, de controno quebrado e indefinido, representaban en miniatura escenas en color de hombres y mujeres cogifos de la mano, de animales pastando, de casas y palacios, así como coches en movimiento y todo tipo de escenas urbanas. Tan atraída estaba por el fenómeno que una noche se quedó con cualquier excusa en el museo para observar desde la ventana uno de los pocos trozos de acera en los que aún no había lunares. Así, se llevó un termo con café, galletas y un CD de Beta Band, cuyos acordes salían de los pequeños bafles del PC para ser absorbidos por fósiles y salas victorianas. Esta secuencia se repitió hasta el octavo día, en el que suna silueta que por momentos iba ganando solidez apareció al fondo de la calle empujando un carrito de la compra; sería la 1 de la madrugada. Se detuvo más o menos delante del museo. Un hombre, corpulento, extrajo del carrito unas cuantas latas de pintura, un pincel y, arrodillado, comenzó a motear la acera. De repente, Sandra, tomada por un insospechado pudor, no se atrevió a a continuar mirando, colocó la brújula junto al teclado y se acostó. No se durmió hasta que oyó de nuevo las ruedas del carrito crujir calle abajo. A la mañana siguiente se fijó en la acera y encontró lunares de colores pintados cada uno de un solo color, sin figuraciones de ninguna clase. Pocos días más tarde, de mañana, cuando entraba en el museo, se topó con ese hombre en el mismo lugar y se paró a su lado. Él la miró, ¿Te gusta?, le dijo. Bueno, no sé, está bien, ¿qué es? Me molestan los chicles, constestó él sin apartar la vista del suelo, y continuó, Termino el trabajo que dejé inconcluso la otra noche. Ella hizo un silencio y preguntó, ¿Cómo que chicles? [...] Pero ¿por qué los perfectamente redondos los pintas negros o blancos, y los de contorno irregular de colores? ¿Tú sabes lo que es el cáncer?, preguntó él a su vez. Claro, dijo ella. Y él continuó, ¿Y tú sabes lo que es un tipo de cáncer llamado melanoma? Sí, volvió a responder ella, Claro que también lo sé, soy bióloga, es un cáncer que se manifiesta con una especie de lunares en la piel. Exacto, interrumpió él, Pues lo que no sé si sabes es que en los melanomas el contorno del lunar siempre es irregular, por eso yo pinto los chicles irregulares de colores, para embellecer este cáncer londinense que son los pegots en las aceras.
Nocilla Experience – A. Fernández Mallo












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